Entre el 4 y el 5% de la población infantil sufre el trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH)
«Un día mi hijo de once años explotó. Nos llamó angustiado y dijo que no podía más, que no quería vivir así. Cogió un cuchillo de la cocina y se lo puso en la tripa, dispuesto a matarse»

«Natalia tenía tres años y medio. Para mí era una auténtica pesadilla dar a entender que en casa se transformaba, como Dr.Jeckill y Mr. Hide. En esa época pasaron por mi casa once chicas internas. No aguantaba más».
«Es un niño inquieto, demasiado nervioso; no deja de moverse ni de molestar a los demás. Sufre arranques de furia en cuanto se ve contrariado. Se pasa el día discutiendo». «Se enfadaba con cualquier tontería y si no se le hacía caso, se golpeaba la frente con el suelo o la pared. El salir a dar un paseo se convertía en un suplicio. Al menor descuido, salía corriendo hasta que le perdías de vista. Salía furioso del colegio y me provocaba continuamente. Era agresivo, desafiante y tremendamente disperso».
Son testimonios directos de madres con hijos que sufren el síndrome de hiperactividad y déficit de atención. Unos relatos plasmados en un libro editado por ANSHDA, la asociación de padres de estos menores, en el que se recoge el dolor y la denuncia social de su situación. La historia de las madres con hijos hiperactivos oscila desde el agotamiento a la frustración, no exenta de esperanza.
A veces se ven incapaces, aturdidas, «como en un laberinto, una espiral que te absorbe cada vez más», retrata con emoción una de ellas. «Vivimos en una tensión familiar constante que, en ocasiones, degenera en depresiones». Y el sentimiento de culpa. «El niño comenzó a desafiarnos, a no obedecer ni escuchar… la gente lo primero que piensa es que es un niño muy mal educado. Tú te sientes fatal, inútil, avergonzada, triste, desesperada».
Síntomas
Para seguir indagando en la búsqueda de soluciones a este síndrome, este viernes se inició en Madrid el Congreso 2008 sobre el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), que se extenderá hasta el domingo, día 27. Más de un millar de médicos, psicólogos, padres y educadores debatirán sobre un trastorno que sufre entre el 4 y el 5% de la población infantil y una media de dos alumnos por cada aula durante los cursos de educación primaria, según el doctor Alberto Fernández Jaén, neuropediatra del Hospital La Zarzuela, de Madrid, y miembro del comité científico del Congreso.
Los síntomas esenciales de este síndrome son la hiperactividad, la impulsividad y los problemas de atención, situaciones que cuando se producen con una marcada intensidad repercuten en el entorno escolar, social y familiar. Los niños afectados siempre están en movimiento, son olvidadizos, se distraen con mucha facilidad y con frecuencia pierden el interés por lo que están haciendo.
El trastorno de estos niños reside en que padecen una alteración a nivel del sistema nervioso central y, según algunos expertos, tiene un origen fuertemente marcado por los genes, aunque el entorno es fundamental para que el síndrome se desarrolle y adquiera mayor o menor virulencia.
El desorden acarrea importantes secuelas al niño, ya que se ve abocado al fracaso escolar y a una frecuente mala relación con sus compañeros. Más a largo plazo, si su trastorno no es corregido, el deterioro de sus relaciones sociales puede traducirse en la edad adulta en problemas laborales, dificultades en las relaciones de pareja, conductas antisociales y otros trastornos psiquiátricos.
Diagnóstico, a partir de la primaria
La hiperactividad es cuatro veces más frecuente en los niños que en las niñas y afecta con la misma frecuencia a todas las razas y culturas. Es más, no puede hablarse de un síndrome contemporáneo reciente, toda vez que, según los estudios médicos, «la prevalencia sigue siendo la misma que hace 15 ó 20 años», dice el doctor Jaén.
«Ha existido toda la vida. La diferencia es que, entonces, recibía calificativos más peyorativos», apunta.
Las investigaciones más recienten indican que los niños con TDAH tienen un volumen cerebral menor y, desde el aspecto bioquímico, su nivel de dopamina es más bajo en los lóbulos centrales, significa el experto. El diagnóstico entre los cuatro y los seis años de edad «es arriesgado», subraya el doctor Jaén, que se muestra más proclive a efectuar un diagnóstico más certero a partir de los seis años, cuando biológicamente el niño ha madurado. «Un diagnóstico excesivamente temprano puede ser una equivocación», arguye.
Aunque los primeros síntomas pueden aparecer antes de los siete años, se diagnostica, generalmente, en los primeros años de la enseñanza primaria, pudiéndose prolongar durante la adolescencia y en la vida adulta, aunque en estas edades los síntomas suelen atenuarse.
Tanto el neurólogo infantil como Teresa Moras, presidenta de ANSHDA (Asociación de Niños con Hiperactividad y Déficit de Atención) demandan la creación de la psiquiatría infantil como especialidad médica concreta para tratar a estos menores. «Los expertos en salud mental centran su especialidad en los adultos, aunque luego sean derivados a la atención de los niños. Espero que esa situación cambie», afirma Jaén.
Tratamiento con fármacos
A pesar de los avances cosechados, muy en gran medida por la campaña de los padres de estos niños iniciada hace ya más de una década, el trastorno sigue siendo un «gran desconocido», motivo por el que no todos los pacientes afectados reciben un diagnóstico y tratamiento adecuados. «En la actualidad no se diagnostica ni a una centésima parte de los menores aquejados del TDAH».
«Este síndrome no se debe banalizar. A partir de los seis años, los padres deben estar pendientes de qué tal va su niño en los estudios y cómo se relaciona», sostiene el neuropediatra. Es decir, conocer cómo se adapta al entorno: si es impulsivo, osado, presenta heridas múltiples… «Hay que profundizar en las preguntas y no confundir este trastorno con el de un chico meramente despistado o nervioso».
Sobre la profundización en las causas de este síndrome, Alberto Fernández remacha que es indispensable mantener el conocimiento neurobiológico. En España, de momento, el tratamiento con eficacia demostrada en más de 2.000 chicos es el farmacológico, aunque «es trascendental dar a la primera con el tratamiento idóneo».
El tratamiento con fármacos es imprescindible en siete de cada diez niños. Aunque hay otras alternativas farmacológicas, el tratamiento habitual es mediante psicoestimulantes, que mejoran la liberación de noradrenalina y dopamina. A largo plazo, el objetivo de estos tratamientos reside en hacer desaparecer los síntomas para posibilitar el desarrollo social, intelectual y afectivo del niño y ayudarle a desarrollar técnicas que contrarresten sus limitaciones.
Neurólogos, psicólogos, profesores…
Por tanto, la acción habitual de los padres que se enfrentan a este problema es acudir, en primer lugar, a un neurólogo especializado para que le recete la medicación adecuada y, en paralelo o posteriormente, ponerse en contacto con psicólogos expertos en este síndrome. Los padres que viven esta ‘carrera de fondo’ coinciden en la escasez de especialistas y en la falta de formación adecuada por parte de los profesores ante lo que consideran «necesidades educativas especiales». «Se tiende a culpar de la actitud de los niños a la educación familiar», por lo que no se pone coto adecuado al más que posible fracaso escolar de un niño con TDAH, advierte Moras. «El Congreso abordará la gran trascendencia del punto de vista educativo ante este trastorno», reseña.
En el camino quedan las ronchas de desesperanza de los padres y, en especial, de las madres, con sentimientos de culpabilidad, angustia y síntomas depresivos. «Algunas piden la reducción de jornada en el trabajo; otras lo abandonan y algunas padecen graves conflictos conyugales», señala Teresa Moras. «El sentimiento de culpa es una constante. Pero -enfatiza responsabilidad, toda; culpa, ninguna».
Fuente: La Voz de Galicia






































